El salón de clases feminista como “espacio seguro” después del Brexit y de Trump*

Alison Phipps[1]

Traducción del inglés al español de Andrés Guzmán Díaz

Ha sucedido. Donald Trump es presidente electo de los Estados Unidos de América (EE. UU.). Continuó con un partido de racismo blanco, y múltiples alegatos de acoso y abuso sexuales no bastaron para evitar que tomara la Casa Blanca. Hubo reportes de crímenes racistas, homofóbicos y misóginos hasta pocas horas antes de que el resultado fuera declarado. David Duke la llamó la noche número uno de “lo más emocionante” de su vida, y el vicepresidente del Frente Nacional de Francia declaró: “su mundo está colapsando; el nuestro se está construyendo”. La derecha israelí aprovechó la oportunidad para anunciar que la era de un Estado palestino había terminado. Todo esto sucedió tan solo meses después de que el pueblo británico votó por salir de la Unión Europea, lo cual marcó el comienzo de una agenda de la derecha radical que asegura que los EE. UU. y el Reino Unido (UK, por sus siglas en inglés) estarán —en palabras de Sarah Palin— enganchados durante la administración de Trump.

Dichos eventos no causan sorpresa, aunque sean impactantes. Tanto el Brexit como la elección de Trump son expresiones nacionales de largos resentimientos contenidos y una confirmación de las violencias racistas sobre las cuales, tanto el UK como los EE. UU., están basados. Los votantes quieren “tomar su país de nuevo” de las manos de la gente de color, los migrantes y los musulmanes. Enlazado con esto están la desconfianza y el odio hacia los otros Otros: transpersonas, queers, inválidos y feministas. El látigo racista contra la globalización y los pocos logros que se han alcanzado en favor de la equidad étnica se dirige también a todos los demás movimientos de justicia social. Bajo el pretexto del resentimiento de los “antinegocios” y la desconfianza hacia las élites políticas liberales, los racistas están tratando de arrebatar de nuevo el control total. No hay mayor sensación de victimización que aquella en la que se percibe que los derechos y los privilegios se han perdido.

En este contexto, hablar de “espacios seguros” y feminismo en los salones universitarios podría parecer irrelevante o hasta indulgente. ¿No tenemos problemas mayores por resolver? Sí, mientras pienses que lo micro y lo macro están separados, que el prejuicio y la crueldad que dejamos pasar en lo privado no tiene nada que ver con el fanatismo, la agresión y la violencia que ahora se han dejado sueltos en una escala nacional pública. Creo que lo que hacemos en un nivel individual cuenta. Especialmente cuando los problemas socio-políticos parecen no tener solución, podemos abrirnos paso por el adormecimiento y la inercia al empezar con nosotros mismos. Los más privilegiados de nosotros que se interesan por la equidad tienen el deber de hacerlo: podemos dar a nuestro compañero más marginado tiempo para lamentarse y respirar, mientras pensamos en actuar.

La universidad tiene potencial como espacio político-crítico. No debemos tomar una perspectiva romántica: el jurado de seguro se equivocará al decidir si es un sitio de deconstrucción radical o sólo un ala de la casa del maestro (y con probabilidad la respuesta es ambas). Las universidades también han estado neoliberalizadas, comercializadas y monetarizadas —depende a quien escuche— hasta el punto en que los valores cívicos han sido excluidos por otras preocupaciones. Sin embargo, en una época de educación superior masiva, los académicos están en una posición singular para interactuar e influir a los miembros de la generación más joven. Estamos también presionando una puerta de entrada, ya que la mayoría de jóvenes por debajo de 30 años en los EE. UU. votó por Clinton (aunque esto es gracias a la inmensa mayoría que representan los votantes jóvenes afro-americanos y latinos), y más del 70% de los jóvenes por debajo de 25 años en el UK votó por permanecer dentro de la Unión Europea.

En medio de escritos desalentadores (amplificados cuando veo a mis hijos pequeños), una de las cosas que estaré haciendo en las próximas semanas es reflexionar con renovados compromiso y energía acerca de mi rol como maestra. ¿Estoy aquí sólo para preparar listas de lectura, asignar tareas y validar diplomas, o aspiro a algo más? ¿Qué hago con la proporción en aumento de mis estudiantes que prefieren que “enseñe con base en ensayos” a que explore los problemas alrededor? ¿Cómo creo espacio para el pensamiento y la acción políticos entre los jóvenes que a menudo están tratando solo de sobrevivir? Estas son enormes e intimidantes preguntas. Contestarlas de manera constructiva requiere que nutra mis propios autoconocimiento y capacidad de autodesarrollo, y asegurar que mi salón de clases es el tipo adecuado de espacio. Un espacio donde el más vulnerable de mis estudiantes puede expresar lo que siente, piensa y necesita, y donde sus enunciaciones serán escuchadas.

Como ha dicho Akwugo Emejulu, crear espacios seguros en salones universitarios requiere de labor emocional, que no siempre están dispuestos a otorgar los académicos. Ahora más que nunca, debemos estar preparados a dar con emoción a los estudiantes. Con el fortalecimiento de intolerantes y el agravio de persecuciones intelectuales bajo una ola de populismo derechista, es probable también que enfrentaremos incesantes preguntas sobre de quién importa más la seguridad. Aquellos de nosotros que ya han lidiado con quejas de estudiantes que se sienten incómodos en nuestros salones políticos no duden que escucharemos más de estas, y quizá haya poco apoyo de nuestras instituciones en un contexto en el que la educación superior y los valores progresistas están bajo ataque. ¿Mantendremos nuestras bocas calladas, preocupados por la calidad de nuestro módulo, o defenderemos nuestra enseñanza y nuestras ideas políticas? ¿Pondremos nuestra labor emocional en hacer sentir cómodos a algunos alumnos, potencialmente a expensas de otros?

Hay una gran diferencia entre seguridad y comodidad. Los marginados son hechos física y mentalmente inseguros por políticas basadas en la intolerancia y su manifestación violenta en las calles. Muchas de nuestras convicciones liberales, sobremanera contenidas, nos llevan a tranquilizar —no desafiar— dichas políticas. Se han convertido en “preocupaciones legítimas” que hacen sentir cómoda a la gente. Los estudiantes marginados pueden ser emocionalmente incapaces de permanecer en un salón mientras sus compañeros repiten “preocupaciones” que parecen benévolas, pero son todo menos eso. Es incómodo abordar esto, sobre todo cuando los estudiantes piensan que ya lo “captaron”. Un salón antirracista debería y se sentirá incómodo con un racista, pero podría también sentirse muy incómodo con alguien que no está enfrentándose de manera activa contra su privilegio blanco. Un salón feminista podría sentirse incómodo en particular con un hombre cisgénero[2] que siente que ha sido “reconstruido” y ha olvidado los beneficios que disfruta.

Durante mucho tiempo hemos consentido la comodidad de la gente bajo el disfraz del “debate” o de “la libertad del discurso”. Los medios de comunicación aportan intolerancia escandalosa al aire y por escrito y la conciben como equilibrio, y nosotros no podemos retar (ni pasar por alto) a alguien por expresar versiones diluidas de dichas posturas. Es más fácil no sacudir el panal, en especial cuando estás tratando con familiares y amigos. No obstante, el derecho a mantener y compartir prejuicios se ha vuelto un movimiento normal y legitimado en las elecciones, el cual le dice a la gente que su simple existencia es inaceptable. Regresen al lugar del que vinieron. Su preferencia sexual es pervertida. Su identidad de género es inventada. Ha pasado bajo nuestras narices. Principalmente en espacios críticos y progresistas; si no nombramos ni desafiamos esto y a las ideas políticas cada vez más “sensatas” que lo permiten, defraudaremos a todos. No podemos agachar nuestras cabezas y esperar a que el movimiento se rompa para que las cosas vuelvan a ser “normales”. Esta es la nueva “normalidad”, y la antigua “normalidad” no era mucho mejor.

Una de las características de la “nueva normalidad” es un debilitamiento de las pocas restricciones que teníamos al expresar intolerancia y al cometer actos violentos en el exterior. Los líderes de la derecha populista nos han incentivado a estar orgullosos de nuestro odio, y este ha emergido a la superficie y se ha expandido a las calles. De ahora en adelante voy a decir con insistencia lo siguiente: esto no será tolerado en mi salón de clases, ni lo aminoraré a “preocupaciones legítimas”. Desafiaré más y con mayor intensidad, y daré a mis alumnos las herramientas para que lo hagan también. Lo anterior no conlleva a negar conversaciones complicadas, sino a tenerlas de una forma que implique que los más afectados sean capaces de hablar y ser escuchados. Si eso hace sentir incómodos a los demás, que así sea. En lugar de sacrificar la seguridad de algunos por la comodidad de otros como antes, debemos privar de la comodidad a unos cuantos para asegurar que otros, algún día, puedan estar seguros.

* Tomado por recomendación de la autora de su blog. Publicación origial: “The feminist classroom as a ‘safe place’ after Brexit and Trump”, 10 de noviembre de 2016, en Gender, bodies, politics: https://genderate.wordpress.com/2016/11/10/brexit-and-trump/

[1] Alison Phipps es directora de Estudios de género y profesora adjunta de Sociología en la Universidad de Sussex, Reino Unido. Es licenciada en Política e historia contemporánea, maestra en Teoría política por la Universidad de Manchester y doctora en Sociología de la educación por la Universidad de Cambridge. Anteriormente impartió clases en las universidades de Cambridge y Brighton y ha estado en Sussex desde 2005. Fue presidente de la asociación britano-irlandesa de estudios de feminismo y mujeres entre 2009 y 2012.

[2] Nota del traductor: La palabra original es cishet, abreviatura de cisgendered, que se traduce aquí como cisgénero, que significa textual “del lado del (cis-) género” según la Real Academia de la Lengua. En términos prácticos, se ha utilizado para designar a las personas cuya identidad de género concuerda con su sexo reconocido por la sociedad.

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Fotografía Jessica: Ehwey

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